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Belleza aterradora



A simple vista podría ser un bodegón de Zurbarán o de alguno de los maravillosos maestros flamencos del siglo XVII que cuelgan en los museos holandeses. Una hamburguesa reina solemne sobre una reluciente bandeja metálica junto a cinco huevos duros, una hogaza de pan y dos tazas de café. Pero la naturaleza muerta, tenue y bellamente iluminada y fotografiada por el artista británico Mat Collishaw (Nottingham, 1966), esconde una historia espantosa. Se trata de la comida solicitada por Gary Gilmore la noche antes de ser ejecutado, en 1977, en el estado de Utah. Convicto de asesinato, Gilmore había llevado a cabo una larga lucha legal para que se respetara su “derecho a morir como un hombre” ante un pelotón de fusilamiento. Fue el primer ejecutado después de diez años de suspensión de la pena de muerte. Sólo bebió el café.

La imagen forma parte de Last meal on death row, una serie de trece en la que Collishaw reúne y fotografía como si fueran pinturas de los viejos maestros las últimas cenas de presos reales en el corredor de la muerte, dignificándolas y dándoles una dimensión espiritual. Collishaw formó parte, junto a Damien Hirst y Tracey Emin, del grupo de los llamados YBA (Young British Artists), creadores que en la década de los noventa zarandearon la escena del arte alentados por el galerista Charles Saatchi. Ya no es tan joven. Tiene 54 años, pero su obra mantiene intacta una formidable capacidad de pegada. Te atrapa a través de la mirada y, una vez estás dentro, te golpea en el estómago.

Flores en llamas o víctimas de enfermedades venéreas, insectos aplastados, últimas cenas de condenados a muerte…

Flores envueltas en llamas o víctimas de enfermedades venéreas, con llagas y cicatrices que brotan de sus pétalos rosas; explosiones de vivos colores y texturas que en realidad son insectos aplastados; pequeños hombrecillos que cobran vida en una bacanal desesperada… Escondidos tras la belleza, el horror, la oscuridad y la violencia. Tras su presentación la pasada primavera en el Real Jardín Botánico de Madrid, donde recibió 32.000 visitantes, la obra de Collishaw se muestra ahora por primera vez en Catalunya de la mano de la Fundació Sorigué de Lleida (hasta abril del 2020), que también auspició la muestra madrileña. La exposición The end of innocence toma el título de una pieza de la colección Sorigué en la que la figura espectral del papa Inocencio X pintado por Velázquez y Bacon aparece y desaparece tras una cortina de lluvia digital como en las películas de Matrix. “Es como si Bacon hubiera tomado el retrato de Velázquez y lo hubiera enchufado a la corriente eléctrica. Yo quería trasladarlo al mundo digital, que es el nuevo dios del siglo XXI”, señala Collishaw, que cree en la eficacia de las imágenes, en ese momento de shock que nos hace sentir más vivos, y dice desconfiar “del arte elitista, conceptual y muy exclusivo cuya comprensión está aparentemente al alcance de muy pocos. Para mí es muy importante que todo el mundo pueda relacionarse con mi obra a través de sus propias emociones, de sus impresiones y no de las de un crítico obtuso”.

La obra de Collishaw se alimenta tanto de las nuevas tecnologías como de los pintores del pasado, como Caravaggio, “tan visceral… tan brutalmente real. No embellece las cosas sino que muestra la vida tal como es, con los pies sucios frente a tu cara”. De él toma David con la cabeza de Goliat y a través de un espejo negro devuelve a la vida a sus modelos, convirtiéndolos en seres humanos que respiran. O su versión de la Caridad romana, la ilusión óptica de una escultura en la que vemos cómo la mujer amamanta a escondidas a su padre, ya anciano, encarcelado y sentenciado a muerte por inanición.

En The end of innocence, muestra también dos de sus zootropos gigantes 3D, una versión contemporánea del juguete óptico del siglo XIX que gracias a una luz estroboscópica crea la ilusión de movimiento. Seria ludo tiene la forma de lámpara de araña que al girar como un derviche descubre 180 figuras liliputienses entregados a una frenética y desasosegante bacanal que parece no tener fin. Y en The centrifugal soul , otra maravilla óptica, la escena se repite, solo que aquí los protagonistas son diferentes aves del paraíso en un frenético ritual de apareamiento, rituales de cortejo en los que Collishaw ve “la obsesión actual por sobreexponernos, por proyectar una imagen a través de las redes sociales con el fin de gustar y atraer a los demás y que al fin lo que provoca es un vacío interior”

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